Cuando tienes un bebé, es muy probable que sientas que toda tu energía y enfoque están dedicados al cuidado del recién nacido.
Después de todo, tu hijo depende completamente de ti para su alimentación, comodidad, protección y muchas cosas más. Asimismo, cada día surgen nuevos desafíos con su crecimiento y desarrollo, lo que se traduce en tu constante atención y adaptación como madre.
En los primeros días posteriores al parto, quizás sientas preocupación de no estar vinculándote con tu bebé de la manera en que necesita. Es natural tener esa aprensión, pues tu hijo y tú están recién conociéndose. Pero, a medida que transcurren los días, esa conexión se irá desarrollando en forma más intuitiva y cómoda.
Este vínculo con tu bebé, que se transmite por medio del apego, la contención, presencia, protección y cariño, es muy importante para su vida futura, pues le permitirá desarrollar seguridad y confianza. Tu hijo se sentirá tranquilo al percibir que tiene en ti y en sus seres queridos figuras protectoras que están ahí para cuidarlo y asistirlo, y, con ello, a medida que vaya creciendo aprenderá a sobrellevar situaciones emocionalmente difíciles y desarrollará la valentía y seguridad necesarias para enfrentar esas experiencias.
Para desarrollar este vículo con tu bebé desde sus primeros días, el contacto piel con piel es clave para ayudar al cuerpo de tu hijo a autorregularse, ya que le permite estabilizar los latidos de su corazón y los patrones de su respiración. Se ha demostrado que poner a tu bebé piel con piel sobre tu cuerpo es una gran herramienta benefactora para su desarrollo.
Asimismo, tu estabilidad emocional tiene un efecto directo hacia tu bebé. Cuidar a tu hijo es una labor demandante, con alto gasto energético y compromiso afectivo, por lo que es muy importante entonces cuidar también de tus necesidades como mujer y madre. Recuerda que el tiempo que inviertas en preocuparte por tu bienestar físico y mental, te ayudará a estar en buenas condiciones para poder atender de la mejor manera a tu bebé.
